Aniversario 11S

11-S: la Quinta Columna intelectual contra Occidente

por Eduardo Goligorsky

El ataque de Al Qaeda contra las Torres Gemelas y el Pentágono activó los reflejos de la reducida casta intelectual que alimenta un odio secular contra la sociedad abierta. Sus precursores se pusieron al servicio del nazismo, del comunismo y de sus sucesivas metástasis. El 11 de septiembre del 2001 encontraron en el terrorismo islámico la alternativa para encauzar sus fobias.

El ejercicio de la modestia
Ian Buruma y Avishai Margalit fueron explícitos: “El odio a Estados Unidos es lo único que algunos izquierdistas conservan de su izquierdismo. El antinorteamericanismo forma parte de su identidad.” (The New York Review of Books, 17/1/2002). Y, para completar esta cita referida a “algunos izquierdistas”, vaya otra de Karl Popper que concierne a los intelectuales:

Nosotros los intelectuales hemos hecho cosas atroces, somos un gran peligro. Nos figuramos muchas cosas, y no sabemos lo poco que sabemos. Y nosotros, los intelectuales, no somos únicamente presuntuosos, sino que somos también corruptibles. No me refiero solamente con dinero, sino también corruptibles respecto de la consideración, el poder, la influencia y demás (...) Espero que para los intelectuales sea alguna vez moderno el ejercicio de la modestia. (Karl Popper, entrevistado por Manfred Schell, La Nación, Buenos Aires, 8/7/90).

Este trabajo no es, empero, un alegato contra los intelectuales. Todo lo contrario: es un homenaje a aquellos otros intelectuales que hicieron y hacen honor a la tradición humanista, antiautoritaria, liberal y laica de la Ilustración. Intelectuales entre los que sobresalieron muchos que, después de pasar por el Partido Comunista, o de ser compañeros de viaje, reciclaron su experiencia para consolidar los cimientos de la sociedad abierta y plural. Pienso, por ejemplo, en André Gide, Arthur Koestler, Karl Popper, John Dewey, George Orwell, Raymond Aron, Albert Camus, Isaiah Berlin, Hannah Arendt, Jorge Semprún, Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante, Jean-François Revel, Fernando Savater, Juan José Sebreli, Oriana Fallaci y Giovanni Sartori. Esta lista, muy incompleta, reduce a su justa dimensión minúscula la de los enemigos de nuestra civilización.

Tácticas obscenas
Ahora sí, nos aventuramos en las entrañas de la abyección. A la cabeza de la Quinta Columna intelectual se coloca, por supuesto, Noam Chomsky. Sidney Hook, veterano e incorruptible defensor de la libertad y la democracia en los claustros universitarios norteamericanos, chocó con Chomsky desde los tiempos de la guerra de Vietnam, y ya entonces desenmascaró sus tácticas obscenas:

Pedía que Estados Unidos se "desnazificara", pero no Vietnam del Norte o China. ¿Qué métodos se emplean en Estados Unidos que, comparados con las prácticas bárbaras de Cuba, China o Vietnam del Norte, justificara semejante definición? ¿Cuánto tiempo sobreviviría en esos países alguien que susurrara el tipo de críticas que Chomsky podía propalar mientras lo recompensaban por ello?

El libro de Noam Chomsky 11/09/2001 (RBA, Barcelona, 2001), que reúne una serie de entrevistas concedidas por el autor durante el mes posterior a los ataques contra el World Trade Center y el Pentágono, sintetiza todo el odio concentrado del autor contra Estados Unidos, país al que insiste en definir como “Estado terrorista”. Despotrica contra todos los presidentes anteriores a George W. Bush, ensañándose sobre todo con Bill Clinton. Después de enumerar las transgresiones que a su juicio habría cometido su país a lo largo de las guerras contra los totalitarismos, concluye:

Ninguna sociedad civilizada toleraría nada de lo que acabo de mencionar, que, por supuesto, sólo es una muestra insignificante de la historia de Estados Unidos. Y la historia de Europa es todavía peor.

Y sería, precisamente, la supuesta política incivilizada de Estados Unidos y Europa lo que justificaría la barbarie de los terroristas: "A los intelectuales occidentales les conviene hablar de 'causas más profundas', como el odio a los valores occidentales y al progreso. Es una forma sutil de evitar preguntas sobre el origen de la red de Bin Laden misma, sobre las prácticas que conducen a la ira, al miedo y a la desesperanza a través de la región". Y el odio de Chomsky y sus camaradas a los valores occidentales y al progreso, ¿cómo se explica?

Argumentos contradictorios
Un detalle curioso que se observa en el discurso de casi todos los portavoces de la campaña antinorteamericana es la repetición de dos argumentos contradictorios: por un lado, se burlan de la ineficacia de los servicios de inteligencia, el FBI y la CIA, para detectar indicios premonitorios de los atentados, y por otro alertan contra el peligro de que se implante un Estado policial. Este es el leit motiv de la propaganda de los libertarios recién reciclados, que siempre hicieron, y hacen, la vista gorda a los Estados policiales de su predilección.

“Este ataque significó sin duda un enorme golpe y una sorpresa para los servicios secretos occidentales, incluidos los de Estados Unidos", diagnostica Chomsky en su libro; pero varias páginas más adelante advierte: "Hasta donde estamos informados, el gobierno de Estados Unidos explota ahora la ocasión de apretar su propia agenda: militarizar, restringir las libertades, de modo de acabar con las protestas y el debate públicos”. Igualmente, ni los más acérrimos macartistas que Chomsky ve al acecho hicieron esfuerzo alguno por amordazarlo. “Y si sólo me refiero a mi experiencia personal –se jacta–, debo decir que, aparte de constantes entrevistas pedidas por radios, estaciones de televisión y periódicos de Europa y otros sitios, he tenido más acceso que nunca a los medios de comunicación de Estados Unidos. Y, según me cuentan, a muchos otros les ha pasado lo mismo”. Vía libre a la Quinta Columna.

Dispuestos a morir
Susan Sontag no quiso ser menos que sus camaradas de la élite antinorteamericana, y su primera reacción después de la masacre del 11 de Septiembre consistió en escribir (El País, 28/9/2001):

Si hay que utilizar la palabra cobarde, quizá sería más adecuada aplicarla a aquellos que matan como una forma de represalia, desde lo alto del cielo, que a aquellos dispuestos a morir para matar a otros. En lo que respecta a la valentía (una virtud moralmente neutral): independientemente de lo que se diga sobre los perpetradores de la matanza del martes 11, no eran cobardes.

Susan Sontag y Noam Chomsky sólo pusieron una objeción de tipo clasista a los atentados. “Entre los muertos –escribió la primera– no sólo estaba el personal ambicioso y bien remunerado de las industrias financieras allí instaladas; también hubo empleados humildes, porteros, mandaderos y operarios de cocina. De estos últimos, más de setenta, en su mayoría negros e hispanos, trabajaban en Windows of the World, el restaurante del último piso de las torres”. Chomsky fue más lacónico pero igualmente discriminatorio: “Las primeras víctimas, como es habitual, han sido personas de clase trabajadora: porteros, secretarias, bomberos”. De los muertos del Pentágono, ni una palabra. Y si los aviones se hubieran estrellado contra la Bolsa de Nueva York, es fácil imaginar cuál habría sido la reacción de “los intelectuales disidentes”, como se autodefinió Susan Sontag.

Ignacio Ramonet, en cambio, no se anduvo con chiquitas cuando se sumó al sentimiento que, según él, había sido expresado con más frecuencia en todo el mundo y en particular en los países del Sur: “Lo que les ha pasado es muy triste, pero se lo tienen merecido”. Sin distinción de clases ni de razas.

Ebrio de soberbia
Quien descargó todo su odio atrabiliario contra la sociedad democrática y liberal fue el excelente novelista y desquiciado esnob Gore Vidal. En un artículo titulado “El martes negro”, que apareció en La Vanguardia apenas diez días después del atentado, no buscó las raíces del mal en la yihad islámica sino en la maldad intrínseca de la política norteamericana... ¡encarnada en Franklin D. Roosevelt y Bill Clinton! Al primero lo acusó de haber provocado el ataque japonés contra Pearl Harbor para así poder declarar la guerra al Eje, y al segundo de haber implantado un Estado policial mediante la ley antiterrorista promulgada en 1996, después del atentado que causó 186 muertos en Oklahoma City. Para completar la ofensiva antiliberal, el brillante novelista centró sus críticas en el New York Times, al que acusó de ser “el principal portavoz de la clase empresarial norteamericana”. Ebrio de soberbia, Vidal finge ignorar que, en un Occidente dominado por el Califato universal, él y muchos de sus cofrades serían lapidados por su condición de contestatarios impenitentes, de frívolos hedonistas y, para decirlo en el lenguaje coránico, de sodomitas. Lo que Vidal define como “un mero Estado imperial en el que se mantiene a raya a los ciudadanos mediante unidades especiales de la policía” es la única garantía de que él podrá conservar la vida y la libertad para seguir profiriendo todos los disparates que se le crucen por la mente.

El que no podía faltar en la embestida contra la potencia que cometía el pecado mortal de abroquelarse contra sus enemigos rabiosos era nuestro incorregible Manuel Vázquez Montalbán. He aquí su “cagadita matutina” (Jorge Semprún dixit) que tituló “12 del 9 del 01” (El País, 23/1 /2002):

Los departamentos de las embajadas de USA dedicados a difundir la verdad mensual necesaria no han sido ajenos a la instalación de un macartismo implícito, a veces clamorosamente explícito, que, señalando la pira terrible neoyorquina con una mano, con la otra acusaban a los reticentes contra la respuesta militar y denunciaban: "¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?”.

Quien perdió la paciencia fue Antonio Elorza, y se ocupó, en el mismo diario, de quienes, “en la línea de Vázquez Montalbán, nos invitan al Parque Jurásico de los años del comunismo de clase contra clase. Lo de Nueva York y Washington, puro efecto; la causa es la agresión permanente del Norte contra el Sur. Nada de integrismos ni de wahabismo o salafismo; Bin Laden debe ser en esta versión la cabeza del ejército de los pobres contra el capitalismo criminal”.

Una jeremiada reveladora
Baltasar Garzón, hoy esperanza blanca de la nueva izquierda casposa, aportó a la campaña antinorteamericana una extravagante jeremiada (“La respuesta”, El País, 2/10/2001):

Permanecer callado y a la espera de esta especie de teatro de operaciones en el que estamos siendo actores, porque de nuestro futuro se trata, es una omisión gravísima o una aceptación culpable de los proyectos bélicos reiteradamente proclamados por los gobernantes de Estados Unidos, y exigidos por los ciudadanos que claman "venganza". (...) La callada aceptación oficial de Occidente, esencialmente la de los países europeos, me lacera en lo más profundo del corazón y debe llenarnos de desesperación (...) Que Estados Unidos iba a reaccionar como anuncia que lo hará, o como ya ha podido hacerlo –invasión de Afganistán, acciones bélicas de comandos, bombardeos, acciones encubiertas–, era lógico y esperado, pero la sumisión simiesca de todos no era previsible.

Esta sumisión de países como España y Francia, agrega Garzón, “es lo que me ha hundido en una profunda depresión”.

Así como el pacto Ribbentrop-Molotov puso al descubierto las afinidades entre el totalitarismo nazi y el comunista, el 11-S desveló las que existen entre la pseudoizquierda antioccidental y los últimos discípulos de Hitler. Walter Laqueur brindó abundante información al respecto (La Vanguardia, 5/4/2002):

En Estados Unidos, Tom Metzger, de la Resistencia Blanca Aria, dijo que el 11 de Septiembre fue una victoria del Walhalla (morada de los héroes muertos en combate): “El enemigo de nuestro enemigo fue nuestro amigo”. Rocky Suhaida, líder del Partido Nazi norteamericano, expresó una idea similar: fue una vergüenza que entre los 150 millones de norteamericanos blancos de raza aria fueran tan escasos quienes desearan hacer lo mismo. Martín Lindsted, responsable de la sección de combate político de la Milicia de Missouri, declaró que si los árabes hubieran robado un par de cientos de jumbos y los hubieran estrellado contra el Tribunal Supremo, el Congreso, el FBI y todas las estaciones de televisión, él habría exclamado: “¡Caramba, qué buen comienzo!”.

La Quinta Columna intelectual abominó de Estados Unidos porque sus comandos tácticos impidieron que Bin Laden soltara una última arenga antioccidental ante algún tribunal de justicia. Igualmente, los miembros de esa Quinta Columna y sus compañeros de viaje siguen esforzándose por llenar el vacío.

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