
Tres podían ser los objetivos estratégicos de Bin Laden al lanzar los aviones secuestrados por sus terroristas contra los Torres Gemelas. Por un lado, el militar, al mostrar que los Estados Unidos son vulnerables en su propio territorio, una meta fundamental en su estrategia de inoculación del terror en las mentes occidentales. En segundo lugar, el simbólico, al atentar contra las figuras arquitectónicas del nuevo poder económico estadounidense. En tercer lugar, el mediático, dado que quería llegar al mayor número de personas -para aterrorizar por el lado de sus enemigos mientras que enardecía a las masas islamistas que lo apoyaban- tenía que llevar a cabo una acción que los medios de comunicación no tuviesen más remedio que hacerse eco, y eco gigantesco, haciendo así de multiplicador informativo y promocional, a su pesar, del acto terrorista.
De esta forma el atentado terrorista islamista de las Torres Gemelas estaba organizado desde la puesta en escena, del guión y dirección cinematográficos, para crear así el mayor espectáculo del mundo ofrecido urbi et orbi a través de la televisión en prime time para posteriormente ser amplificado detenida y morosamente en Youtube. Una coreografía visual digna de Satanás, y por ahí iban los tiros cuando el compositor Stockhausen calificó el show retransmitido en directo como “la mayor obra de arte de todos los tiempos, compuesta por Lucifer” pensando en el ángel caído, encarnación de la destrucción, el personaje diabólico de su obra Licht. O también el novelista Franzen que consideraba desde el punto de vista estético que “los artistas de la muerte que han diseñado este ataque deben de haber gozado mucho con la terrible belleza de su acto”.
Esta “terrible belleza” es la que se recogía en la concepción de lo “sublime” estético que teorizó el conocido como Pseudo Longino, una concepción de la belleza radical que conduce a la satisfacción estética a través del dolor y no del placer. En el caso del atentado terrorista de las Torres Gemelas, el dolor de la destrucción artística se ve multiplicado hasta el infinito por el dolor moral de la muerte de las personas que allí estaban.
Sin embargo, las pretensiones de Bin Laden le salieron rana. El terror que ocasionó inspiró también un sentimiento de unión interpartidista que llevó a la lucha global contra el islamismo. Y, desde el punto de vista simbólico y mediático, las Torres Gemelas, aunque destruidas, no conseguirán ser borradas del imaginario colectivo, habiéndose convertido en el gran icono histórico del martirologio arquitectónico contemporáneo.
Aunque en un primer momento la reacción de confusión llevó a eliminar las imágenes de las Torres Gemelas de diversas películas, poco a poco fueron apareciendo las escenas borradas imponiéndose su valor tanto estético como de resistencia política. Así, en la versión cinematográfica de Spiderman, que se estaba rodando por esas fechas, fueron eliminadas estas fantásticas imágenes en las que unos ladrones de banco son capturados entre las dos columnas neoyorquinas por una gigantesca tela araña.
La primera impresión de mucha gente, el primer pensamiento que les vino a la cabeza, fue que las imágenes del atentado parecían una secuencia sacada de la típica película de catástrofes made in Hollywood, aunque increíblemente estilizada y convincente. ¿No sería una de esas bromas que desde Orson Welles y su invasión alienígena de pacotilla (esa con la que sueña el economista galáctico - keynesiano Paul) hay cretinos que repiten cíclicamente a necios ingenuos? Además, había una larga tradición de Nueva York como ciudad devastada por los atentados terroristas, desde su estremecedora destrucción casi total fuera de plano en el original de El planeta de los simios hasta La jungla 3, El pacificador o Estado de sitio pasando por la octava y última temporada de 24.
Desgraciadamente no, no era una broma aunque fuese de mal gusto. De manera inmediata la industria cinematográfica respondió al reto del atentando contraprogramando una leyenda de heroísmo a la narración de debilidad de los EEUU que pretendía transmitir Bin Laden. Oliver Stone se centró, en una mala película, World Trade Center, en los héroes más inmediatos y a la vista de todos: los bomberos neoyorquinos que se jugaron la vida, y gran parte de ellos la perdieron, salvando lo que se pudo en la debacle final de las edificaciones. 11’09’’01, igualmente mala por irregular y sentimentaloide, ampliaba el rango visual desde un punto de vista existencialista a varias “historias mínimas” de personas que, sin comerlo ni beberlo, se veían afectadas directa o indirectamente por el atentado a través del mundo. Por último, Paul Greengrass sí que acertaba al imaginar lo que pudo pasar dentro de uno de los aviones secuestrados por los terroristas, United 93, pero que gracias a la acción del resto de los pasajeros no consiguió llegar a su objetivo. En el momento de su estreno escribí:
“Greengrass, como ya hizo en el guión de Omagh, abre de par en par la ventana del cinematógrafo a la realidad, que entra como un huracán en la sala cinematográfica convertida, al compás de la estrechez de los lugares donde se desarrolla la tragedia, también para el espectador, en una trampa claustrofóbica. De tal modo que cuando la película termina, con un largo fundido en negro, algunos espectadores permanecieron electrizados en sus asientos mientras otros salieron precipitadamente, huyendo de la opresión de la injusticia de muertes sobrevenidas por el desvarío del fanatismo, bajo el signo del absurdo y la cruel indiferencia de los verdugos hacia sus víctimas.”
También hubo ocasión para que los habituales buitres que se alimentan de carroña mediática echaran a volar. Y el audiovisual no se libró de ellos. Del mismo modo que hubo “supervivientes” falsos que se labraron una carrera como “víctimas” del 11S, también apareció por allí Michael Moore que con su Farenheit 9/11, un dechado de demagogia goebbelsiana, incluso llegó a ganar la Palma de Oro en el Festival de Cannes ayudado por los habituales prejuicios anti-Bush y el colegueo interesado de Quentin Tarantino, presidente del Jurado, que por casualidad trabaja para la misma productora que el documentalista norteamericano.
Precisamente porque una de las dimensiones del atentado, la principal, se dirimía en el plano simbólico creo que acertaron Martin Scorsese (Gangs of New York), Steven Spielberg (Munich) y Cameron Crowe (Vanilla Sky) cuando a diferencia de Ben Stiller (Zoolander), Peter Chelson (Serendipity) o Charles Herman-Wurmfeld (Besando a Jessica Stein) se negaron a borrar las Torres Gemelas de sus películas. Porque el haber cedido, como también sucedió con los títulos de crédito de Los Soprano o Frasier, bajo un razonable sentido del pudor, a la pretensión de quitar toda huella de las Torres Gemelas hubiera sido reconocer el triunfo táctico de Bin Laden. Por el contrario, el mensaje de Scorsese, Spielberg y Crowe era precisamente de resistencia, de rebeldía, de lucha simbólica contra el terrorista islamista. Spielberg lo aclaró explícitamente cuando en su película sobre los agentes antiterroristas del Mossad declaró en relación al plano final en el que una panorámica de la Gran Manzana trazaba un vínculo entre las Naciones Unidas y las Torres Gemelas: “Munich es mi plegaria por la paz”. La versión cinematográfica del castizo “¿No quieres democracia, capitalismo, es decir, libertad? Dos tazas”. Es decir, Dos Torres. Las Torres Gemelas. Que gracias al cine estarán siempre ahí, virtuales pero eternas.