Los eventos que acontecieron en la rúa
Carlos Semprún Maura

 

No recuerdo el día de principios de mayo de 1968, pero estaba sentado en un café de la plaza Maubert-Mutualité con Enrique Escobar y las calles estaban más desiertas que de costumbre, y flotaba por doquier un tufo de gases irritantes, vestigios de la manifestación de la víspera. Enrique me dijo que lo que había empezado era algo importantísimo, y yo que no tenía la menor importancia, los clásicos disturbios estudiantiles, una gamberrada más.

 

A primera vista, Enrique tenía toda la razón, como se vio de nuevo esa misma tarde y los días siguientes, hasta mediados de junio por lo menos: manifestaciones, barricadas, incendios de coches, la huelga general, el pánico de las autoridades, una violencia tan insólita que, cuarenta años después, se celebra pero no se explica. Y yo, que enseguida me arrepentí de mi escepticismo –consecuencia de casi veinte años de militancia revolucionaria, repletos de desilusiones–, me digo hoy que no me equivoqué del todo: fue,

efectivamente, una gamberrada, pero una gamberrada gigantesca y de "nuevo tipo", como dicen los cursis.

 

"Los revolucionarios de 1968 en Europa no fueron conscientes de que en el fondo la inspiración del movimiento, como decían en Estados Unidos, era de esencia liberal. Sólo tenía razón de ser como motor de una aceleración de la civilización liberal e individualista opuesta al estatismo y el colectivismo (...) Pero en plena lucha final, la fraseología leninista-maoísta pesaba demasiado en los espíritus franceses como para no sepultar bajo sus escombros el impalpable rocío matinal del ímpetu primitivo y espontáneo", escribe Jean-François Revel en sus memorias (v. pág. 412 de la edición española). No tiene nada que ver con lo que se decía entonces, y aún menos con lo que se conmemora ahora, pero yo, que en 1968 no conocía a Revel y apenas había leído algunas cosas suyas, me di cuenta posteriormente de que estaba de acuerdo con él, incluso cuando hablaba de teatro.

 

Dejaré de lado los problemas de la enseñanza, que desempeñaron un papel secundario en los acontecimientos, salvo para precisar que el primer ministro Pompidou nombró a Edgar Faure, político de izquierdas, ministro de Educación Nacional para calmar los ánimos, y que su principal consejero fue François Furet. Consideraron, como muchos estudiantes, que la universidad estaba demasiado encorbatada, que era rígida y jerárquica, y trataron de liberalizar algo la vieja fortaleza. Pero la experiencia ha demostrado que, pese a todo, la enseñanza era mejor, o en todo caso menos mala, antes que después de Mayo 68.

 

En el escueto marco de este artículo, voy a hablar sobre todo de política. Lo primero que los eventos pusieron en evidencia fue el sólido y discreto pacto mafioso entre el poder gaullista y el PCF –y su sindicato, la mayoritaria CGT–. Jacques Chirac, entonces secretario, no recuerdo si de Agricultura o de Correos, ha contado en varias ocasiones que mantuvo románticas citas clandestinas en extrañas buhardillas con Georges Séguy, secretario general de la CGT, para estudiar cómo frenar y sofocar el movimiento. Para darle un toque aún más romántico a la cosa, Chirac precisaba que siempre llevaba una pistola en el bolsillo; del calibre 25, para los enterados.

 

Para De Gaulle, los eventos fueron la chienlit, pero durante casi un mes la CGT y otros sindicatos quedaron desbordados por sus bases, así como por la mayoría de los trabajadores no sindicados.

 

Por otro lado, cabe mencionar dos hechos beneficiosos para el poder: en el plano laboral, los Acuerdos de Grenelle, que contemplaban, por ejemplo, un fuerte aumento de los salarios, lo cual permitía a la CGT, sindicato amarillo, exigir el fin de la huelga general, y, en el plano político, la gigantesca manifestación progaullista de los Campos Elíseos (un millón de personas, se dijo), organizada por los duros del régimen, Michel Debré, André Malraux y algunos más.

 

Este acuerdo implícito entre gaullistas y comunistas no se debía únicamente a la política antiyanqui y prosoviética –y hasta tercermundista, si recordamos el discurso de Phnom Penh– del discípulo de Charles Maurras, sino a su culto del Estado fuerte. Como buen militar de derechas, De Gaulle despreciaba a los mercaderes, a los comerciantes, a los hombres de negocios y, en fin, al libre mercado, y abogaba, como los comunistas, por un Estado todopoderoso. Lo único bueno de esa política de aquelarre, cuyas nefastas consecuencias padecemos aún, fue la apuesta por la energía nuclear, tanto en el terreno civil como en el militar.

 

El PCF colaboró con el poder gaullista para terminar con ese desorden demasiado libertario. Por lo que hace a la izquierda oficial no comunista, el decadente PS (SFIO), el PSU de Michel Rocard, la Federación de Izquierdas de Mitterrand (que se comió al PS pocos años después), la Unión Nacional de Estudiantes (UNEF), los católicos sociales la Confederación Francesa Democrática del Trabajo (CFDT), etc., sorprendidos y asustados por la virulencia de las manifestaciones, las barricadas de la calle Gay-Lussac, la destrucción de almacenes y coches y demás hazañas juveniles, aplaudidas por sociólogos de izquierda como Edgar Morin, creyeron sin embargo que podían hacerse con el poder. Pero lo que pretendían era "restablecer el orden", no embarcarse en una revolución socialista.

 

El punto culminante de ese movimiento fue el mitin multitudinario del estadio Charlety, al que acudieron todos, hasta Pierre Mendès-France, y donde se formuló un programa sencillo, coherente y absolutamente fuera de lugar: el general De Gaulle y su Gobierno dimitían, ellos formaban un Gabinete provisional,

presidido por Mitterrand, y convocaban a elecciones anticipadas. Fue un chasco rotundo: quienes organizaron las elecciones anticipadas fueron, precisamente, De Gaulle y Pompidou. Y arrasaron.

 

Los protagonistas de los disturbios revolucionarios fueron de lo más variopinto: desde el "anarquista alemán" Cohn-Bendit hasta el Barón de Seillières, futuro presidente de la patronal Medef. Si la mayoría de los jóvenes revoltosos (estudiantes o no) se adherían, muy confusamente, a las ideas liberal-libertarias: más libertad, menos Estado, menos jerarquías y cosas así, los grupos organizados eran casi todos de extrema izquierda marxista –aparte, claro, de los anarquistas, que, por cierto, creyeron renacer–: marxistas leninistas, marxistas maoístas, marxistas trotskistas...

 

Como dijo Revel, los aspectos lúdicos y libertarios, pero a la vez gamberros y violentos, que tuvo el movimiento en sus inicios fueron aplastados por esas ideologías totalitarias. Las manifestaciones se militarizaron cada vez más, aparecieron gigantescos retratos de Stalin y Mao en el patio de la Sorbona, y en junio, después de que De Gaulle convocara a elecciones anticipadas, decisión perfectamente democrática, todos esos discípulos del totalitarismo se lanzaron de nuevo a la calle, al grito de "Elections, piège à cons" (Elecciones, trampa para imbéciles), lo cual significaba el rechazo de la democracia "burguesa" y "formal" y la reivindicación de la dictadura del proletariado. Una tremenda regresión bajo oropeles novedosos, pues. "El poder está en la calle", afirmaban también, antes de irse de vacaciones.

 

Se pueden sacar, brevemente, algunas reflexiones sobre esos acontecimientos. Lo primero que me viene a la mente es el pánico de las autoridades. Según se supo después, los ministerios estaban vacíos; los funcionarios tenían miedo de ser asaltados, y aunque las fuerzas de policía resistían y atacaban en las calles, la élite política se moría de miedo. Hasta el general De Gaulle, no sé si por temor o desconcierto, desapareció del Elíseo: se fue a ver al general Massu, jefe de la guarnición francesa en Alemania (¡aún había, en 1968, tropas de ocupación en Alemania!). Según el testimonio posterior de Massu, De Gaulle le preguntó si debía lanzar los tanques contra los revoltosos o dimitir; y Massu dice que dijo: "Ni lo uno ni lo otro, mi general". Convencido, De Gaulle volvió a París y, en vez de lanzar los tanques, convocó a elecciones. Y ganó ampliamente. Pero estaba gravemente herido, y con el pretexto de una reforma del Senado rechazada en referéndum, dimitió en 1969.

 

Si el PC, partido soviético, no desapareció hasta la desaparición de la URSS, su actitud en 1968 le pasó factura: su pérdida de militantes y electores permitió a Mitterrand y compañía, que también habían fracasado en 1968, convertirse en preponderantes en la izquierda y ganar las presidenciales... de 1981.

 

Se ha escrito mucho sobre la revolución sexual de ese dichoso mayo (tan divertido para mí y para tantos miles), y si se recuerda que la chispa, o una de las chispas, que provocó el incendio fue la rebelión de los internos de Nanterre contra la norma que prohibía a las chicas ir a las habitaciones de los chicos (o viceversa), la procesión ya iba por dentro, y no sólo en Francia: con o sin Mayo 68, de todas formas las costumbres hubieran cambiado. (Por cierto, jamás me han entusiasmado las exageraciones, las gesticulaciones, los sindicatos de homosexuales y demás chorradas. En un terreno tan privado, la libertad, la tolerancia y, si es preciso, la discreción me parecen indispensables. Yo nunca exhibiré mis cojones en la Plaza de la Concordia).

 

Resumiendo: los acontecimientos de Mayo 1968 constituyeron un gigantesco happening, una versión callejera del Gran Teatro del Mundo: durante unas semanas se representaron acontecimientos del pasado, como las barricadas decimonónicas, o que ocurrían en otros lugares: las guerrillas latinoamericanas, la Revolución Cultural china, la guerra del Vietnam, el golpe bolchevique de 1917 y hasta nuestra guerra civil. Esas obras se representaban a menudo violentamente (pero sin tiros). Se celebraban diferentes episodios de la leyenda revolucionaria que muy poco tenían que ver con la realidad francesa. De ahí, precisamente, el entusiasmo, pero también el desconcierto, el pánico y la desilusión. Fue un paréntesis extraño, festivo y violento a la vez, en la vida cotidiana de mucha gente, que terminó como empezó. No había motivos. Ni cartesianas explicaciones.

 

Desde la ventana de su piso del boulevard de Montparnasse, Eugenio Ionesco, viendo pasar una manifestación, dijo: "Los futuros notarios desfilan".

 


Diseñado por: Christian Camacho
© Copyright Libertad Digital SA. Juan Esplandiu 13, 28007 Madrid.
Tel: 91 409 4766 - Fax: 91 409 4899